Sobre el 5 de Talleres

El circo de la vida




“un circo vi, un circo vi cuando yo era pibe algún circo vi un circo vi,
 un circo vi no pasaba nada pero un circo vi” 
 circo beat de fito páez 

Casi siempre itinerantes, los cirqueros son los históricos artistas del polvo y los terrones. Esforzados, mugrientos y pobres, van de pueblo en pueblo repitiendo hasta el hartazgo trucos y destrezas. Pasajeros del camino, están obligados a la multitarea para sostener la enorme maquinaria del circo. Todos hacen todo para sobrevivir.
Dicen que las prácticas circenses provienen de la época antigua: acrobacia, contorsión y equilibrismo estaban relacionados con la guerra, los rituales religiosos y los festejos. Por eso, algunos exageran que el circo es el espectáculo más antiguo del mundo. Pero la verdad es que tardó mucho tiempo para tomar la forma sistematizada por la que hoy es conocido. Recién a fines del siglo XVIII un inglés de nombre Philip Astley montó un número de acróbatas a caballo acompañados, claro, de un público asistente que pagaba en cada función. Tanto éxito tuvo que recaló en París, pero las guerras armadas y la inestabilidad política de Europa arruinaron el negocio.
Con el tiempo los circos han sumado oficios: payasos, adiestradores de animales, malabaristas y varias actividades más. Una carpa con pistas circulares es el sitio donde se monta el show. Dicen que cuando llueve todo es mucho peor: el polvo deja paso al barro y el tránsito se complica. Encima, hay que armar y desarmar cada vez que el circo se muda, durmiendo en húmedos carromatos al costado de la ruta. Algunos artistas logran fama local, renombres regionales. Las malas lenguas repiten que los adiestradores se parecen a sus animalitos; o que los circenses son artistas promiscuos de la ruta. Quién sabe. Hubo un tiempo también en que los circos eran espectáculos repletos con éxito asegurado. De todo esto y algunas cosas más va este repaso de películas circenses.

Nos comemos todo: carpas revueltas y esplendor

Sabemos que en el cine la vida es un drama, o que la representación de la vida precisa serlo para que alguien mire la película. El micromundo del circo es un sitio ideal para representar enamoramientos no correspondidos porque los artistas, se supone, son gente muy libertina. Trillando los caminos interactúan con sus compañeros, y el tiempo transcurrido otorga potentes formas de la intimidad. “Y de ahí algo sale”, parecería que piensan los guionistas. El circo también tuvo su tiempo de gloria, en donde los artistas estaban llenos de ego y tenían el mote de estrellas. Había inversores codiciosos e intrépidos accionistas, todo lo que no falta cuando un negocio camina.

El mayor espectáculo del mundo (1952) fue una descomunal superproducción dirigida por Cecil B De Mille. El argumento es simple: un director del circo, Brad, ama a Holly, la trapecista y principal atracción del espectáculo. Sin embargo, contrata al destacado Sebastian, también trapecista, para que comande el nuevo show. De los celos a su colega, Holly pasará al amor, aunque luego, arrepentida, volverá con Brad, su antiguo pretendiente. Para ese entonces Sebastian estará tullido, feliz y con un nueva chica, encontrada obviamente en el circo.
La película tuvo mucho éxito de público y varias nominaciones al Óscar. Ganó el de mejor película, compitiendo con El hombre tranquilo de John Ford. Extraño caso, dado que El espectáculo… es un filme que se asienta en los números circenses y a partir de ahí construye un pseudo drama y poca cosa más. Entre esas cosas hay un payaso asesino que sufre y se oculta detrás de su máscara y tiene una actuación bárbara. Vista con ingenuos ojos actuales, es decir de la manera en que no hay que mirar cine del pasado, puede suponerse que es una película incorrecta: no hay leyes laborales que obliguen a los trapecistas instalar la red de protección -por eso uno de los personajes quedará estropeado- y, ante la tragedia, la respuesta es algo así como “el espectáculo debe seguir”, mientras los personajes desenfundan frases del tipo: “un hombre triste se siente bien con una mujer al lado, al menos para enojarse”.

Trapecio (1954) es una película dirigida por Carol Reed, el mismo que filmó El tercer hombre con la actuación de Orson Welles. Aquí, un joven trapecista viaja a París para perfeccionar su técnica. En base a esfuerzo convence a un ex colega caído en desgracia para que le enseñe una proeza difícil: el triple salto mortal. El maestro, justamente, se lesionó intentándolo. Finalmente, ellos formarán un número artístico al que se les unirá una chica tan bonita como maniobrera. Todo, por supuesto, termina en un doloroso triángulo amoroso basado en los celos, la compasión y el engaño. Actúan Burt Lancaster, Tony Curtis y Gina Lollobrigida. Ellos eran muy pintunes, y Burt contaba con la ventaja de haber sido acróbata profesional en su juventud. La película recrea la época de esplendor de los circos en un drama amoroso de lo más desprejuiciado.

La mishiadura. Acá no hay un sope pero sobra amor 

La representación del circo pobre ha atraído a variados y disímiles directores en distintas épocas: los trajes raídos, las carpas zurcidas y algunos miserables carromatos son las típicas imágenes de este mundo.

Noches de circo (1953) es una película del sueco Ingmar Bergman, lo que asegura un drama con personas infelices y bastante desgraciadas, incapaces de cambiar su destino. En este caso, muestra una historia de celos y miserias en el deambular de un circo pobre y sin esplendor. Albert, el director del circo, y su joven amante, deben solicitar los trajes para un desfile a un altivo director de teatro. Mientras ella queda prendada con el primer actor de la compañía, Albert debe rebajarse al desaire del teatrero, que lo ofende cada vez que puede: “¿cómo sé que esos trajes no volverán infectados con piojos o sarna?”. Es que el hombre tiene una alta consideración de su trabajo de director de teatro: “Ustedes apuestan sus vidas. Nosotros la vanidad”. Cansado de la falta de dinero, Albert regresa con su esposa y se encuentra a una mujer casera que ha tenido cierto éxito con su negocio. Él promete abandonar el circo y volver a ella, que lo corta de cuajo con un no rotundo. Al mismo tiempo, su amante, despechada por esa visita de Albert, decide ver al actor quien, rápido de reflejos, en una mezcla de violencia y ternura logra llevarla al catre. Todo lo que sigue es una historia de engaño, confesiones y desgracia. Pareciera que todos están hartos del circo y sus avatares. La disyuntiva sería algo así como una vida ética y aburrida o el circo. Al final, y luego de un suicidio que falla, Albert y su amante seguirán su camino juntos, siguiendo irremediablemente los carros del circo.

Bronco Billy (1980) es una comedia de enredos bastante extraña en la filmografía de su director, Clint Eastwood. El personaje, Bronco Billy, y su compañía circense, recorren una norteamérica profunda y malviven en cada pueblo al que recalan. Al mismo tiempo, se cruzan con una rica heredera abandonada por su marido en la luna de miel. Ella se unirá al grupo y las cosas irán aún peor que de costumbre. Abundan los decorados cursi, la música country y un ambiente de machos que tiene sus propias reglas. Aunque nada es lo que parece. Bronco Billy tiene un pasado triste y citadino y ella es una ricachona con un montón de gente atrás que no la quiere o, mucho peor, que la quiere por interés. Clint Eastwood cae en todos los cliche posibles y explota una americanidad al mango. Pero el mundo no es tan simple y el cine, por suerte, tampoco. El resultado es llamativamente bueno y Bronco Billy resulta ser un peliculón con una sensibilidad a flor de piel. Obviamente fue un filme criticado por unos especialistas que, como sano consejo, deberían formatearse la cabeza. Además, tiene los mejores cinco minutos de la historia de muchas películas. Aunque quizás sean los primeros quince... A veces las estructuras simples, con ricos que son malos y buenos que son pobres, también funcionan. Y nos divierten a todos un poco más. Dicen que Clint siempre dijo estar orgulloso de esta denostada película. Bastante razón tenía.

Chorros, polis y justos 

El circo también ha sido un buen ámbito para retratar policiales, pues también es un lugar ausente al que van los que no quieren ser encontrados. Qué mejor que huir de un sitio rondando por otros lugares posibles. Además, uno siempre puede cubrirse con una máscara.

Ya Chaplin había dirigido El circo (1928) en un tema que le calzaba perfectamente con su personaje. Acá Carlitos es pobre pero honrado, aunque una confusión, y la injusta persecución de la policía, lo depositan en una carpa de circo. En un tiempo en el que los payasos ya no causan gracia, Carlitos llegará con su dosis de ingenuidad o estupidez para hacer reír al público. El problema es que él ni siquiera sabe que está actuando. En medio de todo esto se enamorará de la hija del dueño del espectáculo y luchará por su amor con un apuesto funámbulo. Sobre el final, y consciente de sus límites, Carlitos ayudará a la pareja a casarse. Antes, defenderá a la chica de un padre autoritario que, cuando puede, faja o encarcela a su hija. Él, obvio, se queda solo.

Gitano (1970) es una película argentina del prolífico Emilio Vieyra, con las actuaciones de Sandro y una hermosa y joven “Solita” Silveyra. Se trata de una historia de amor circular e imposible. Roberto (Sandro) trabaja en un parque de atracciones de un circo y “Solita” es bailarina y está hecha un bombonazo. Él es un tipo noble que se verá envuelto en un crimen que no cometió. Tiene el estigma de ser el hijo de un “gitano” y un pasado histórico que lo condena: su padre también estuvo relacionado con un asesinato. Para zafar huye a un circo de Necochea y debe camuflarse de payaso en cada actuación. A pesar de ser tentado por una chica querendona que le cantó cariño mientras era atrapado por la policía, Roberto seguirá firme en sus sentimientos por “Solita” y al final podrán reencontrarse y sellar su amor. La película tiene trucos de cámara simplongos, un lenguaje con imperativos de tipo “Andate”, con la respuesta “Ya me iré”, y una cantidad de gitanos porteñazos como extras. Pero está Sandro que la descose cantando y una ingenuidad rioplatense bien querible para los ojos actuales.

Fellini x 2 1/2 

Parece claro que el circo es un sitio ideal para los excesos fílmicos de Federico Fellini. Capaz por eso le dedicó dos películas tan buenas como distintas.

En 1954 Fellini le dio a Anthony Quinn y a Giuleta Massina -esposa del director- los papeles protagónicos de La strada, y ellos cumplieron con lo que posiblemente fue el mejor papel de sus carreras. Zampanó (Anthony Quinn) es un miserable y brutal artista circense que se gana la plata haciendo unos patéticos números callejeros en la triste Italia de posguerra. Al enviudar, adopta como ayudante a Gelsomina (Giulieta Massina), una muchacha repleta de ingenuidad e inocencia que padece algún tipo de retardo. Se trata de una historia de amor imposible y desigual; una lección sobre la incomunicación, el desamparo y la pobreza real. No es extraño que varias personas incluyan La Strada en esas subjetivas listas de “las mejores películas que vi en mi vida”. Como todo, siempre puede haber algo de exageración en estas cuestiones, tanto como ver La Strada y que no te toque ni un poquito. Si eso pasa, se recomienda una urgente transfusión de sangre.

Los Clowns (1970) es un documental ficcionalizado en donde el director italiano recrea la historia de un circo de los 50’, al tiempo que entrevista a historiadores y artistas del pasado y presente circense. En todo el filme sobrevuela la idea del fin del circo, de que “el circo no tiene significado en la sociedad actual”. En una época donde “la credulidad infantil del público ya no existe, los clown no han desaparecido. Es la gente la que no se ríe de ellos”, sentencia uno de los personajes. Pero el tema del circo es también una excusa de Fellini para hablar de su pueblo en una época de curas fascistoides y locos lindos que inventan batallas en plena calle. Es un documental con nostalgia del pasado con la típica ternura sincera del director italiano.

Los raros en serio: barbudas, enanos y algún desmembrado

Si el circo es confusión, desorden y caos, quien mejor mostró esas características fue Tod Browning cuando dirigió Freaks (1932). En su circo abundan los enanos, contrahechos, deformes, cojos, tuertos, siameses, obesos, mancos o tarados. Y por supuesto que hay forzudos malvados y payasos buenos. La película trata sobre los intentos de seducción de la bella contorsionista Cleopatra al millonario enano Hans. Ella quiere hacerse de su dinero con la complicidad del malvado Hércules; y Hans se sentirá inmensamente atraído por la embaucadora, al punto de romper un compromiso con su novia, también enana y germana. A partir de un supuesto código de conducta de los deformes, lo que viene después es un acto de venganza hacia los inescrupulosos Hércules y Cleopatra. Porque la vida es injusta y el cine también, la película fue un completo desastre de taquilla en su época. Recién en los años 60’ el filme fue redescubierto en un Festival de Venecia, hasta convertirse en un verdadero clásico de culto.

Los más nuevos y mi homenaje 

El circo tiene tantos mecanismos a la vista que lo vuelven una ficción poco creíble en esta época. Muchas veces son espectáculos maravillosamente cursis con reglas perversas: cultores de la simpleza y el porrazo, nunca falta el enano y los payasos, de preferencia obesos. Pero con el tiempo, algunas reglas fueron cambiando. Desde hace mucho no hay deformes y mujeres barbudas y ahora ya no abundan los animales. Cada época tiene sus sensibilidades. Y todo momento siempre tiene sus tremendistas, aquellos que anuncian el fin irremediable de una cosa. A pesar de todo, algunos directores continúan utilizando el circo como tema, ahora en versión de terror o comedia negra. 

Alejandro Jodorosky se dio el gusto de dirigir la extraña Santa sangre en 1989. El creador de El topo y cultor del psicodrama propuso un filme recargado de símbolos y referencias culturosas y místicas que atrajo la curiosidad de pocos. Se entiende.

Bastante más cercana es Balada triste de trompeta (2010) de Alex de la Iglesia. La película le permitió al director español recrear escenas de la guerra civil española al tiempo que narra una historia de amor y celos entre dos payasos y una hermosa contorsionista. Una comedia negra con todas las letras.

Y en tiempos de serie no podía faltar Carnivále, una buena producción con toques fantásticos de HBO ambientada en los años de depresión.
Desde hace más de veinte años el Circ du soleil ha recorrido el mundo con sus delicados espectáculos circenses. Y un afiche anuncia funciones de circo en el Punta Carretas Shopping para las vacaciones de invierno. Es que a veces cambian las formas... Pero de seguro quedan muchas compañías trillando caminos en pueblos casi deshabitados del planeta. En fin, gente que sufre y se enamora. Y sigue sin un peso.

Pero la vida es antojadiza y arbitraria y esta lista que salpica cronologías y reúne directores de la talla de Bergman, Carol Reed o Chaplin, está dedicada a Sandro, que nunca fue el “Palito” politiquero ni el “Cacho” drogón. Al protagonista de Gitano, aquel que eligió cuidar su intimidad mientras volaban braguitas y bombachones en cada concierto. Para vos esta reseña Roberto Sánchez. Ahora sí, mucho más que Juana, Sandro de América.