Sobre el 5 de Talleres

Balnearios al sol

Historias de Verano

Para el que fui, y para mi amigo Pedrozo, el que es.



Una historia del hombre es la historia del trabajo, la medida del esfuerzo por alimentar una familia y asegurarse la supervivencia diaria. Del mismo modo, el ser humano precisa del ocio y el esparcimiento para soportar esa carga ingrata, el esfuerzo físico o mental de las malditas ocho horas. Es ahí cuando surgen los balnearios, el placer del agua y la vida al aire libre en tiempos de descanso. Los inventó un siglo que todavía jugaba con la idea de un paraíso posible. Por eso, pensar en los balnearios es pensar en la infancia; es el lugar de las cosas pasadas y el hombre, cuando rememora su pasado, suele adjudicarle una felicidad que no necesariamente tuvo.


Mariano Llinás se dio el gusto de dirigir la mejor película del cine argentino, Historias extraordinarias (2008), pero antes hizo Balnearios (2002), una ficción con aires de documental que muchos envidiarían. Es que el balneario es un mundo extravagante y onírico. Un sitio de irrealidad que se puebla una vez al año, “la temporada”. En invierno son espacios vacíos, solitarios. Los más desarrollados fueron creados en torno a un hotel o un casino a orillas del agua. Otros sólo tienen una calle principal. Todos se vuelven tristes y melancólicos de a ratos. Son ciudades muertas que reviven año a año. De a poco, con la llegada del sol, la playa comienza a poblarse hasta convertirse en una geografía de sombrillas. Los niños construyen castillos, desparraman plástico. Surgen juegos de adultos de reglas dudosas, se hacen excursiones al banco de arena. Todo está lleno y, por extraño que parezca, el veraneante siempre va donde hay más gente. No hay industrias, empresas o cárceles cerca. El mayor peligro son las aguavivas. Luego, claro, llega la siesta y la preparación para la noche, donde cientos de personas recorrerán el centro una y otra vez buscando helados y maquinitas. Mariano Llinás hizo un homenaje al balneario con historias fantásticas, pero atendiendo a nuestro pasado playero, al gusto kitsch de una clase media que cambió el tedio de la ciudad por la apaciguada rutina del verano.

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Tenía una intensa barra de amigos unida a partir de la cercanía. Todos vivíamos en la misma cuadra. Marindia Norte tenía poco swing y nos separaba una ruta del agua. Ir a la playa era una excursión que había que preparar de antemano. Por eso también andábamos en el monte, jugábamos al fútbol y salíamos de excursión a la represa. El mayor problema era la injusticia de que todos los varones gustábamos de Carola. Siempre la disputamos sin suerte. Ella prefería algún papa frita más grande. Nunca dejó de cachondearnos; ése era su poder, hacernos creer que teníamos chance. Un día desapareció Johnatan, un niño vecino. Lo encontraron muerto en la represa. El miedo duró más de la cuenta y los paseos se suspendieron hasta que se olvidaron de ese pobre niño asesinado.

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 La psicología de balneario asegura que todo tiempo pasado fue mejor, lo que lleva a considerar que cualquier desarrollo posterior a la niñez es una porquería. El balneario es lo que fue y ya no es. En ese tiempo se instala Robert Mulligan para dirigir Verano del 42 (1971), una comedia dramática sobre los ritos de paso de la adolescencia, los recuerdos y el tiempo. Hermie, el protagonista, es un muchacho sensible que cuenta con un amigo explícitamente rústico y otro muy aniñado. Juegan, pelean, se divierten y, mientras, descubren su sexualidad. Hablan de chicas, cometen torpezas… sólo piensan en acostarse con una mujer. Por la vuelta está Dorothy (Jennifer O’Neill, hermosísima) y Hermie, por supuesto, se enamora. Ella está bien casada con un marido que parte a la guerra. De a poco van conociéndose y entablan una relación de amistad. Él quiere ser más adulto para conquistarla y ella teme a la adultez porque sabe que necesariamente implica que él vaya a la guerra. Verano del 42, al igual que El Club de los cinco (John Hughes, 1985) es de esos filmes adolescentes que dicen muchas cosas pero injustamente no cumplen con el formato para ser consideradas grandes películas.

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Un día jugaba al basket picando la pelota a lo boludo cuando se acercó un enjambre de niños en bicicleta que apenas conocía. El más chiquito se bajó serio, como quien emprende una tarea diplomática, y me largó que Zully, la petisa, gustaba mío. Estaba ahí para preguntarme si quería arreglarme con ella. No sabía bien qué decir, pero rechazarla iba a generar más chanzas que aceptar la propuesta. Dije que sí y en un minuto tenía una novia que no registraba bien de cara. La relación, como era de esperar, duró poco. Ella era más grande y yo no sabía de qué iba la cosa. Creo que un día le di un beso. No pasó a mayores. Una vez volví a Marindia y Zully tenía un par de hijos de la mano. Había sido una madre joven. Yo era un nabo con aire jipón y me sentí raro al saludarla. Recuerdo que pensé “qué clavo la Zully” y no se me ocurrió más nada. Debe ser por eso que uno casi siempre se avergüenza de su pasado.

Reconocer que el humor tiene fecha de caducidad es un acto de sinceridad. Difícilmente tolera límites históricos. El Negro Olmedo no es la excepción, aunque para muchos genera algo inconfundible en la pantalla. Atracción peculiar (1988) fue su última película. Junto al Gordo Porcel protagoniza esta comedia de enredos en la que ambos son periodistas que deben hacerse pasar por gays, ya que Mar del Plata sucumbió a una “invasión de trolos”. Es, claro, una película incorrecta para estos tiempos. En ella, los gays se reconocen por usar arito, comer yemas de huevo y tocarle el bulto indiscretamente a cualquier víctima. El filme, además, pertenece a esa extraña época en la que los galanes sucumbían ante las billeteras, sin importar en lo más mínimo el físico del adinerado. Dicho de otra manera, el jefe podía ser un renacuajo, pero si tenía tarasca… dale que te dale. Las mujeres también juegan a hacer de “trolas” aunque siempre con la luz apagada. Además son todas unas interesadas, incluyendo al grupo musical Las Sobrinas, dispuestas a emputecerse por una tapa en Tevelunga, la revista para la que trabajan los periodistas. Dicen que el director de esta proeza, Enrique Carreras, ya no pensaba en transmitir valores a la juventud cuando ideó esta película. Es, por cierto, un filme ideal para gente que no se cuestiona la estúpida responsabilidad de perder el tiempo. 

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 Casi todos los veranos los pasamos con Manuel y Eduardo, una pareja de amigos de mi madre que, por supuesto, eran gays. El tiempo y el cariño hizo que recibieran el mote de “tíos”. Recuerdo la cara de extrañeza de mis amigos cuando los veían. Se ve que porque sentía incomodidad, un día mi madre me sentó en el living y me conminó a que dejara de ser un estúpido más. Siempre fue una persona simple con esas cosas claras. Ya no recuerdo sus palabras. 

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 Con el frío, los estudios o el trabajo, cada verano llega a su fin y las historias que se construyeron suelen quedar en la nada. No por eso, y esto es muy importante, son cuestiones vacías de contenido. Responden con simpleza a la misma estructura del balneario. Eric Rohmer percibió estos detalles a la perfección cuando hizo Cuentos de verano (1995). Sus películas suelen tener personajes femeninos fuertes que regulan las conductas de los hombres, que casi nunca son concientes de este detalle. En ésta Gaspard es un joven universitario con ciertos berretines propios de su edad. Casi sin quererlo, se enreda en una relación con tres chicas que lo manejan sin concesiones. Mientras, los días son grises y en medio de reflexiones y palabrerío, se olvidan de pasar a las “grandes ligas”. Estos chicos desarrollan varios componentes del afecto, excepto el de la carne. 

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 Nuestra consideración sobre el Manzanita siempre fue en picada. Comenzamos pensando que era un amigo pícaro, algo nervioso, pero por sus macanas decidimos –o nos indujeron a creer– que tenía “problemitas”, extrañas conductas consecuencia de una familia desestructurada. Ahora que lo pienso, casi todos éramos hijos de divorciados. Luego se corrió la bola de que el Manzanita tenía algún tipo de problema de aprendizaje (“dañada la cabecita” decía con gracia o gravedad la tía Mirna). Algunos llegaron a hablar de un importante retardo y los más audaces se convencieron que tenía cara de mongólico. Definitivamente, el niño es un bicho cruel. Como consecuencia, el Manzanita veía cada paseo, excursión o juego desde la ventana de su casa. Nunca más nadie fue a visitarlo. Él nunca gritó nada. 

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 Alguien que admiro me aseguró una vez que en la vida hay que ser un poco punk. Aclaremos que es una persona muy acicalada que siempre se viste impecable. Supongo que hablaba de posturas y en nada se refería al típico punkie de postal. Bertrand Blier es un director que realizó la comedia más punk del cine francés: Los rompepelotas (1974). Jean Claude y Pierrot son dos ladrones de poca monta que deben huir a un balneario vacío y desolado luego de haber cometido un robo difícil. Los acompaña una chica hastiada de su rutina, que también se convierte en la amante de ambos, pero también en su protectora (casi una madre). A su paso, rompen todo, se pelean y cogen. También se harán tiempo para pervertir a una hermosa adolescente que raptan de sus padres. Esta chica es una joven Isabelle Huppert. Ellos, por cierto, son Patrick Dewaere, Gerard Depardieu y Miou-Miou. 

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 En Marindia Norte matábamos el tiempo castigando gatos y enterrando ratones. Con el Rulo, mi primo, pateamos la puerta de dolmenit de un vecino y entramos a su casa. Saltamos en las camas hasta agotarnos y rompimos unas botellas de coca-cola. Me acuerdo que el líquido estaba caliente y no podía dejar de tomarlo. El descontrol duró toda la tarde. Era una casa humilde. Recién cuando volvimos noté que tenía un enorme corte en la pierna. Pasado el frenesí, el dolor me obligó a confesar a mis padres la fechoría. Tuvieron que pagar los arreglos. Ahora son los vecinos con los que tengo mejor relación. Cada tanto me recuerdan la travesura. Mis padres se divorciaron hace mucho y ya nadie va a la casa. El jardín fue tomado por una enredadera invasora y, como consecuencia de la dejadez y los robos, ya casi no hay muebles. La última vez que fui las paredes estaban llenas, repletas de caracoles.