Sobre el 5 de Talleres

Casi todos los Johnnys que me gustan


El cine se ha empeñado en ser varias veces mejor que la vida, por lo menos que la mía. En un importante manojo de películas pero también canciones, libros y autores, el nombre Johnny se ha destacado por sobre otros. Y siempre de la mano de cierta oscuridad y buenas cuestiones artísticas.


En 1954 Nicholas Ray dirigió Johnny guitar, un extraño western cuyo personaje, Johnny Logan, cambia las armas por la guitarra para presentarse ante su amada Vienna, dueña del casino del pueblo. Luego, claro, retoma escopeta y revólver porque, como todos sabemos, las balas defienden las agresiones mejor que las cuerdas de una guitarrita. Y la protegerá de un pueblo falso y conservador que instala una moral de la corrección para mantener a los mismos en el poder y detener el progreso del ferrocarril. Para eso, Emma, su oponente y reguladora de las conductas del pueblo, culpa a Vienna de inmoral y acusa a Dancin’Kid –otro de sus pretendientes– de ladrón. Hacia el final, todo se resolverá a los tiros, pero con la particularidad que se enfrentan dos chicas: Vienna y Emma, que se batirán hasta la muerte. 

El film cuenta con dos grandes como Ernest Borgnine y John Carradine en el reparto. Fue realizado con un bajo presupuesto pero tuvo mucho éxito de taquilla, lo que le permitió a Nicholas Ray dirigir Rebelde sin causa y cambiar la percepción del mundo por lo movilizante de la temática y la actuación de James Dean. Pero esa es otra historia. Nicholas Ray dirigió varias películas más pero el alcohol y el juego lo ablandaron bastante. Encima, fumaba como un búho. Nadie mejor que Wim Wenders lo comprobó al codirigir junto a Nicholas un documental sobre los últimos días de su propia vida. El producto final, como la vida de Ray, es excepcionalmente triste.

 

Johny cogió su fusil (1971) es una de las películas de guerra más pacifistas que ha dado el cine norteamericano. Fue dirigida por Dalton Trumbo, escritor perseguido por el macarthismo que debió usar seudónimo durante gran parte de su carrera. En la trama, situada en la Primera Guerra Mundial, un joven recién ennoviado parte al frente de batalla. Este soldadito que tiene sueños, buen humor y una hermosa chica, sufre un bombazo en el que pierde ambos brazos y piernas. Sin extremidades ni sentido de la vista, el oído y el olfato, queda postrado en la cama de un hospital militar. Los médicos lo tratan como un vegetal con torso. El problema es que su cabecita no para de pensar y recordar un pasado fragmentario que no puede transmitir. La sensación es inquietante. Cuando por fin logra hacerse entender por código morse, es ignorado aunque conservado para estudios en nombre del progreso de la medicina; en este sentido, es un film abiertamente defensor de la eutanasia.

El título, Johnny cogió su fusil, surge como respuesta a “Over there”, canción que arengaba a concurrir al frente de batalla y que comienza así: “Johnny, get your gun, get your gun, get your gun/Take it on the run, on the run, on the run”. Fue compuesta en 1917 por George Cohan, un controversial actor y productor que no murió en el frente, como pregonaba su música, pero se lo comió un cáncer años más tarde. Al fin de cuentas, la muerte sigue siendo lo más democrático que conozco. Han pasado muchos años desde la primera vez que vi la película en Cinemateca de Lorenzo Carnelli y, aunque el sitio extrañamente se conserve casi igual, recuerdo que me fui de la sala por la impresión que me causaron algunas escenas. No importa, afuera estaba mi amigo Martín. Pero no fui el único que se sensibilizó con la película. “One”, la canción de Metallica, está inspirada en ella. 



Siguiendo en el ámbito de la música, “Johnny” es también una canción antiimperialista de La Polla Records, recordada banda punk española que varios rioplateneses escucharon en su adolescencia. La letra refiere a un piloto que en la búsqueda de petróleo mata civiles sin inmutarse, como si estuviera frente a un videojuego. Es que Johnny es un cretino, y por eso, el coro no para de repetir “Johnny es un bastardo, Johnny es un bastardo”. Es posible que los mensajes de La Polla no sean muy rebuscados, pero no hay duda de que son bien directos. Capaz que ese fue el gancho para que los escuchara de joven. 



Nunca había leído a Mario Delgado Aparaín hasta que me topé con La balada de Johnny Sosa (1987) en la feria de la calle Salto. Costaba 70 pesos. Casi no sabía nada de Mario Delgado, salvo que es un escritor embanderado con la izquierda uruguaya y posiblemente forme parte de la camada de autores que más odia la paranoica Mercedes Vigil (según entrevista publicada hace poco en El País). El Johnny que da título al libro es un guitarrista negro y medio atorrante de un pueblo del interior de Uruguay. Una novia y varios conocidos lo instan a que encare, se emprolije, abandone las cantatas en los quilombos y de paso se acerque a una orquestita militar. Johnny es un tipo simple, de espíritu rebelde que duda, corre y escapa posiblemente hacia la pobreza que siempre lo había acompañado. Es una linda historia de libertad en medio de los tristes años de dictadura.



Los lácteos, el pescado y el humor tienen lamentablemente fecha de vencimiento. Será por eso que Les Luthiers, Jorge Corona o toda la camada de humoristas uruguayos “sanos” (Almada, Espalter, Cacho de la Cruz y varios más) no me generan la más mínima gracia. Lo que queda, eso sí, es esa nostalgia de la risa, algo así como una lembrança de lo que causaron en el pasado. No estoy seguro siquiera si Johnny Tolengo me arrancó una sonrisa alguna vez. Es posible que muchos lo recuerden por aquella canción que decía: “Qué alegría, qué alegría/olé olé olá/vamos flaco todavía/que estás para ganar.”

Juan Carlos Calabró había creado el personaje basándose en Isidoro Cañones. Se trataba de un excéntrico canchero porteño que le daba al trago y se ganaba todas las minas. Su éxito fue efímero, aunque llegó a filmar en 1987 Johnny Tolengo, el majestuoso, una película ideal para perder el tiempo en una noche alucinógena. Lo cierto es que Calabró aún está vivo, tiene dos hijas mediáticas con problemitas y recientemente se lo pudo ver en la entrega de los Martín Fierro. Estaba desmejorado y casi era imposible reconocer al autor de aquel personaje.

Pero en todo caso, este racconto de Johnnys en medio de guerras, dictaduras o humoristas que ya no ríen, está dedicado a un ex compañero de liceo llamado increíblemente Johny Robert Sosa, que para ser el más alto de la fila era enigmáticamente pacífico. Definitivamente, tenía un cuerpo para hacerse entender por medio de la violencia y jamás lo tuvo en cuenta. Y ojo que no me olvido del gran Johnny Cash (por favor, vean Walk the line de James Mangold), del Tarzán interpretado por el ex nadador Johnny Weismüller o del sobrevalorado Johnny Depp (casi tanto como el whisky Walker). Pero el mundo está lleno de subjetividades, y esto no es más que una arbitraria lista posible. Otra más.