Sobre el 5 de Talleres

El circo de la vida




“un circo vi, un circo vi cuando yo era pibe algún circo vi un circo vi,
 un circo vi no pasaba nada pero un circo vi” 
 circo beat de fito páez 

Casi siempre itinerantes, los cirqueros son los históricos artistas del polvo y los terrones. Esforzados, mugrientos y pobres, van de pueblo en pueblo repitiendo hasta el hartazgo trucos y destrezas. Pasajeros del camino, están obligados a la multitarea para sostener la enorme maquinaria del circo. Todos hacen todo para sobrevivir.
Dicen que las prácticas circenses provienen de la época antigua: acrobacia, contorsión y equilibrismo estaban relacionados con la guerra, los rituales religiosos y los festejos. Por eso, algunos exageran que el circo es el espectáculo más antiguo del mundo. Pero la verdad es que tardó mucho tiempo para tomar la forma sistematizada por la que hoy es conocido. Recién a fines del siglo XVIII un inglés de nombre Philip Astley montó un número de acróbatas a caballo acompañados, claro, de un público asistente que pagaba en cada función. Tanto éxito tuvo que recaló en París, pero las guerras armadas y la inestabilidad política de Europa arruinaron el negocio.
Con el tiempo los circos han sumado oficios: payasos, adiestradores de animales, malabaristas y varias actividades más. Una carpa con pistas circulares es el sitio donde se monta el show. Dicen que cuando llueve todo es mucho peor: el polvo deja paso al barro y el tránsito se complica. Encima, hay que armar y desarmar cada vez que el circo se muda, durmiendo en húmedos carromatos al costado de la ruta. Algunos artistas logran fama local, renombres regionales. Las malas lenguas repiten que los adiestradores se parecen a sus animalitos; o que los circenses son artistas promiscuos de la ruta. Quién sabe. Hubo un tiempo también en que los circos eran espectáculos repletos con éxito asegurado. De todo esto y algunas cosas más va este repaso de películas circenses.

Nos comemos todo: carpas revueltas y esplendor

Sabemos que en el cine la vida es un drama, o que la representación de la vida precisa serlo para que alguien mire la película. El micromundo del circo es un sitio ideal para representar enamoramientos no correspondidos porque los artistas, se supone, son gente muy libertina. Trillando los caminos interactúan con sus compañeros, y el tiempo transcurrido otorga potentes formas de la intimidad. “Y de ahí algo sale”, parecería que piensan los guionistas. El circo también tuvo su tiempo de gloria, en donde los artistas estaban llenos de ego y tenían el mote de estrellas. Había inversores codiciosos e intrépidos accionistas, todo lo que no falta cuando un negocio camina.

El mayor espectáculo del mundo (1952) fue una descomunal superproducción dirigida por Cecil B De Mille. El argumento es simple: un director del circo, Brad, ama a Holly, la trapecista y principal atracción del espectáculo. Sin embargo, contrata al destacado Sebastian, también trapecista, para que comande el nuevo show. De los celos a su colega, Holly pasará al amor, aunque luego, arrepentida, volverá con Brad, su antiguo pretendiente. Para ese entonces Sebastian estará tullido, feliz y con un nueva chica, encontrada obviamente en el circo.
La película tuvo mucho éxito de público y varias nominaciones al Óscar. Ganó el de mejor película, compitiendo con El hombre tranquilo de John Ford. Extraño caso, dado que El espectáculo… es un filme que se asienta en los números circenses y a partir de ahí construye un pseudo drama y poca cosa más. Entre esas cosas hay un payaso asesino que sufre y se oculta detrás de su máscara y tiene una actuación bárbara. Vista con ingenuos ojos actuales, es decir de la manera en que no hay que mirar cine del pasado, puede suponerse que es una película incorrecta: no hay leyes laborales que obliguen a los trapecistas instalar la red de protección -por eso uno de los personajes quedará estropeado- y, ante la tragedia, la respuesta es algo así como “el espectáculo debe seguir”, mientras los personajes desenfundan frases del tipo: “un hombre triste se siente bien con una mujer al lado, al menos para enojarse”.

Trapecio (1954) es una película dirigida por Carol Reed, el mismo que filmó El tercer hombre con la actuación de Orson Welles. Aquí, un joven trapecista viaja a París para perfeccionar su técnica. En base a esfuerzo convence a un ex colega caído en desgracia para que le enseñe una proeza difícil: el triple salto mortal. El maestro, justamente, se lesionó intentándolo. Finalmente, ellos formarán un número artístico al que se les unirá una chica tan bonita como maniobrera. Todo, por supuesto, termina en un doloroso triángulo amoroso basado en los celos, la compasión y el engaño. Actúan Burt Lancaster, Tony Curtis y Gina Lollobrigida. Ellos eran muy pintunes, y Burt contaba con la ventaja de haber sido acróbata profesional en su juventud. La película recrea la época de esplendor de los circos en un drama amoroso de lo más desprejuiciado.

La mishiadura. Acá no hay un sope pero sobra amor 

La representación del circo pobre ha atraído a variados y disímiles directores en distintas épocas: los trajes raídos, las carpas zurcidas y algunos miserables carromatos son las típicas imágenes de este mundo.

Noches de circo (1953) es una película del sueco Ingmar Bergman, lo que asegura un drama con personas infelices y bastante desgraciadas, incapaces de cambiar su destino. En este caso, muestra una historia de celos y miserias en el deambular de un circo pobre y sin esplendor. Albert, el director del circo, y su joven amante, deben solicitar los trajes para un desfile a un altivo director de teatro. Mientras ella queda prendada con el primer actor de la compañía, Albert debe rebajarse al desaire del teatrero, que lo ofende cada vez que puede: “¿cómo sé que esos trajes no volverán infectados con piojos o sarna?”. Es que el hombre tiene una alta consideración de su trabajo de director de teatro: “Ustedes apuestan sus vidas. Nosotros la vanidad”. Cansado de la falta de dinero, Albert regresa con su esposa y se encuentra a una mujer casera que ha tenido cierto éxito con su negocio. Él promete abandonar el circo y volver a ella, que lo corta de cuajo con un no rotundo. Al mismo tiempo, su amante, despechada por esa visita de Albert, decide ver al actor quien, rápido de reflejos, en una mezcla de violencia y ternura logra llevarla al catre. Todo lo que sigue es una historia de engaño, confesiones y desgracia. Pareciera que todos están hartos del circo y sus avatares. La disyuntiva sería algo así como una vida ética y aburrida o el circo. Al final, y luego de un suicidio que falla, Albert y su amante seguirán su camino juntos, siguiendo irremediablemente los carros del circo.

Bronco Billy (1980) es una comedia de enredos bastante extraña en la filmografía de su director, Clint Eastwood. El personaje, Bronco Billy, y su compañía circense, recorren una norteamérica profunda y malviven en cada pueblo al que recalan. Al mismo tiempo, se cruzan con una rica heredera abandonada por su marido en la luna de miel. Ella se unirá al grupo y las cosas irán aún peor que de costumbre. Abundan los decorados cursi, la música country y un ambiente de machos que tiene sus propias reglas. Aunque nada es lo que parece. Bronco Billy tiene un pasado triste y citadino y ella es una ricachona con un montón de gente atrás que no la quiere o, mucho peor, que la quiere por interés. Clint Eastwood cae en todos los cliche posibles y explota una americanidad al mango. Pero el mundo no es tan simple y el cine, por suerte, tampoco. El resultado es llamativamente bueno y Bronco Billy resulta ser un peliculón con una sensibilidad a flor de piel. Obviamente fue un filme criticado por unos especialistas que, como sano consejo, deberían formatearse la cabeza. Además, tiene los mejores cinco minutos de la historia de muchas películas. Aunque quizás sean los primeros quince... A veces las estructuras simples, con ricos que son malos y buenos que son pobres, también funcionan. Y nos divierten a todos un poco más. Dicen que Clint siempre dijo estar orgulloso de esta denostada película. Bastante razón tenía.

Chorros, polis y justos 

El circo también ha sido un buen ámbito para retratar policiales, pues también es un lugar ausente al que van los que no quieren ser encontrados. Qué mejor que huir de un sitio rondando por otros lugares posibles. Además, uno siempre puede cubrirse con una máscara.

Ya Chaplin había dirigido El circo (1928) en un tema que le calzaba perfectamente con su personaje. Acá Carlitos es pobre pero honrado, aunque una confusión, y la injusta persecución de la policía, lo depositan en una carpa de circo. En un tiempo en el que los payasos ya no causan gracia, Carlitos llegará con su dosis de ingenuidad o estupidez para hacer reír al público. El problema es que él ni siquiera sabe que está actuando. En medio de todo esto se enamorará de la hija del dueño del espectáculo y luchará por su amor con un apuesto funámbulo. Sobre el final, y consciente de sus límites, Carlitos ayudará a la pareja a casarse. Antes, defenderá a la chica de un padre autoritario que, cuando puede, faja o encarcela a su hija. Él, obvio, se queda solo.

Gitano (1970) es una película argentina del prolífico Emilio Vieyra, con las actuaciones de Sandro y una hermosa y joven “Solita” Silveyra. Se trata de una historia de amor circular e imposible. Roberto (Sandro) trabaja en un parque de atracciones de un circo y “Solita” es bailarina y está hecha un bombonazo. Él es un tipo noble que se verá envuelto en un crimen que no cometió. Tiene el estigma de ser el hijo de un “gitano” y un pasado histórico que lo condena: su padre también estuvo relacionado con un asesinato. Para zafar huye a un circo de Necochea y debe camuflarse de payaso en cada actuación. A pesar de ser tentado por una chica querendona que le cantó cariño mientras era atrapado por la policía, Roberto seguirá firme en sus sentimientos por “Solita” y al final podrán reencontrarse y sellar su amor. La película tiene trucos de cámara simplongos, un lenguaje con imperativos de tipo “Andate”, con la respuesta “Ya me iré”, y una cantidad de gitanos porteñazos como extras. Pero está Sandro que la descose cantando y una ingenuidad rioplatense bien querible para los ojos actuales.

Fellini x 2 1/2 

Parece claro que el circo es un sitio ideal para los excesos fílmicos de Federico Fellini. Capaz por eso le dedicó dos películas tan buenas como distintas.

En 1954 Fellini le dio a Anthony Quinn y a Giuleta Massina -esposa del director- los papeles protagónicos de La strada, y ellos cumplieron con lo que posiblemente fue el mejor papel de sus carreras. Zampanó (Anthony Quinn) es un miserable y brutal artista circense que se gana la plata haciendo unos patéticos números callejeros en la triste Italia de posguerra. Al enviudar, adopta como ayudante a Gelsomina (Giulieta Massina), una muchacha repleta de ingenuidad e inocencia que padece algún tipo de retardo. Se trata de una historia de amor imposible y desigual; una lección sobre la incomunicación, el desamparo y la pobreza real. No es extraño que varias personas incluyan La Strada en esas subjetivas listas de “las mejores películas que vi en mi vida”. Como todo, siempre puede haber algo de exageración en estas cuestiones, tanto como ver La Strada y que no te toque ni un poquito. Si eso pasa, se recomienda una urgente transfusión de sangre.

Los Clowns (1970) es un documental ficcionalizado en donde el director italiano recrea la historia de un circo de los 50’, al tiempo que entrevista a historiadores y artistas del pasado y presente circense. En todo el filme sobrevuela la idea del fin del circo, de que “el circo no tiene significado en la sociedad actual”. En una época donde “la credulidad infantil del público ya no existe, los clown no han desaparecido. Es la gente la que no se ríe de ellos”, sentencia uno de los personajes. Pero el tema del circo es también una excusa de Fellini para hablar de su pueblo en una época de curas fascistoides y locos lindos que inventan batallas en plena calle. Es un documental con nostalgia del pasado con la típica ternura sincera del director italiano.

Los raros en serio: barbudas, enanos y algún desmembrado

Si el circo es confusión, desorden y caos, quien mejor mostró esas características fue Tod Browning cuando dirigió Freaks (1932). En su circo abundan los enanos, contrahechos, deformes, cojos, tuertos, siameses, obesos, mancos o tarados. Y por supuesto que hay forzudos malvados y payasos buenos. La película trata sobre los intentos de seducción de la bella contorsionista Cleopatra al millonario enano Hans. Ella quiere hacerse de su dinero con la complicidad del malvado Hércules; y Hans se sentirá inmensamente atraído por la embaucadora, al punto de romper un compromiso con su novia, también enana y germana. A partir de un supuesto código de conducta de los deformes, lo que viene después es un acto de venganza hacia los inescrupulosos Hércules y Cleopatra. Porque la vida es injusta y el cine también, la película fue un completo desastre de taquilla en su época. Recién en los años 60’ el filme fue redescubierto en un Festival de Venecia, hasta convertirse en un verdadero clásico de culto.

Los más nuevos y mi homenaje 

El circo tiene tantos mecanismos a la vista que lo vuelven una ficción poco creíble en esta época. Muchas veces son espectáculos maravillosamente cursis con reglas perversas: cultores de la simpleza y el porrazo, nunca falta el enano y los payasos, de preferencia obesos. Pero con el tiempo, algunas reglas fueron cambiando. Desde hace mucho no hay deformes y mujeres barbudas y ahora ya no abundan los animales. Cada época tiene sus sensibilidades. Y todo momento siempre tiene sus tremendistas, aquellos que anuncian el fin irremediable de una cosa. A pesar de todo, algunos directores continúan utilizando el circo como tema, ahora en versión de terror o comedia negra. 

Alejandro Jodorosky se dio el gusto de dirigir la extraña Santa sangre en 1989. El creador de El topo y cultor del psicodrama propuso un filme recargado de símbolos y referencias culturosas y místicas que atrajo la curiosidad de pocos. Se entiende.

Bastante más cercana es Balada triste de trompeta (2010) de Alex de la Iglesia. La película le permitió al director español recrear escenas de la guerra civil española al tiempo que narra una historia de amor y celos entre dos payasos y una hermosa contorsionista. Una comedia negra con todas las letras.

Y en tiempos de serie no podía faltar Carnivále, una buena producción con toques fantásticos de HBO ambientada en los años de depresión.
Desde hace más de veinte años el Circ du soleil ha recorrido el mundo con sus delicados espectáculos circenses. Y un afiche anuncia funciones de circo en el Punta Carretas Shopping para las vacaciones de invierno. Es que a veces cambian las formas... Pero de seguro quedan muchas compañías trillando caminos en pueblos casi deshabitados del planeta. En fin, gente que sufre y se enamora. Y sigue sin un peso.

Pero la vida es antojadiza y arbitraria y esta lista que salpica cronologías y reúne directores de la talla de Bergman, Carol Reed o Chaplin, está dedicada a Sandro, que nunca fue el “Palito” politiquero ni el “Cacho” drogón. Al protagonista de Gitano, aquel que eligió cuidar su intimidad mientras volaban braguitas y bombachones en cada concierto. Para vos esta reseña Roberto Sánchez. Ahora sí, mucho más que Juana, Sandro de América.

Sobre El 5 de Talleres de Adrián Biniez

Desde hace un tiempo circula en internet un video del Gordo Richard. Se trata de un crudo documental sobre barras bravas argentinas. Cuando entrevistan al hincha de San Telmo, en plena Isla Maciel, saca un arma y comienza a descargar balas frente al periodista. El fútbol, como casi todo, tiene divisionales que delimitan de manera rigurosa la calidad del juego y de los jugadores. Primera, segunda, tercera; la A, la B, o la C, da igual…Desde las grandes estrellas millonarias  a los pataduras semi profesionales que se la rebuscan para hacer unos mangos en cada partido. Cada categoría tiene también sus propios hinchas y dirigentes, fuertes empresarios que gobiernan el fútbol o pancheros y pequeños comerciantes que prefieren menos familia y más club de barrio. Todo está en el gran espectáculo del fútbol.
El 5 de Talleres se mete en un espacio casi amateur, ese del pasto desparejo y las líneas de cal medio borroneadas. Y desde ahí construye una historia de amor casi naif entre un mediocampista rústico y huevudo y su paciente chica. Pasa que él está pensando en el retiro, esa cosa que a los futbolistas les llega con la injusticia de la juventud. Por eso se deprime y juega a la Play. Pero deben pensar en un futuro más allá del fútbol y su changa de fumigador. Y ella está ahí para bancarlo a full y sostenerlo con paciencia.

Es posible que muchas personas en el mundo conozcan más a Maradona que a Gandhi. Pero es que el Diegote la rompía. También es justo reconocer que no abundan las películas de fútbol. En 1981 John Houston juntó a Stallone, Pellé, Michael Cane y armó una historia inverosímil con ciertos visos de “basado en un hecho real”. Y no hay mucho más sobre el deporte más popular del mundo.  Adrián Biniez hizo un golazo con su ópera prima, Gigante, y ahora suda fútbol en su segundo filme. Por suerte, no es una película para todos, puteadas y porteñadas mediante. Ideal para mateadores de cancha chica, viejos gritones pegados al alambrado y toda la fauna de hinchas sinceros y dolidos por el fútbol, que deberán apurarse para verla antes de que la levanten de cartel. 
Una más

Sobre Aires de esperanza

La cárcel siempre es un castigo, un invento del hombre para retener al descarriado y disfrutar de una tierna fantasía de seguridad. El preso, por cierto, vive en condiciones deplorables y, más que regenerarse, suele pensar cómo escapar para el próximo golpe. Pero las sociedades hacen lo que pueden y las soluciones de muchas problemáticas no parecen fáciles. 

No es claro que Jason Reitman pensara en estas cosas cuando dirigió Aires de esperanza. En esta película Frank, el personaje de Josh Brolin, es un recluso que logra escapar de prisión y toma como rehén a una mujer y su hijo. Ella es Adelle, interpretada por Kate Winslet , y está preciosa. Las cosas, por suerte, no siempre son los que parecen. Adelle es una madre divorciada y deprimida que casi no puede salir de su casa por sus ataques de pánico. Tiene un atento hijo adolescente que, asustado por su salud, intenta ayudarla toda vez que puede. Las casualidades de la vida los cruza con Frank, y a partir de aquí empiezan los problemas de esta película. No es verosímil que una mujer, por más despistada que esté, ponga a su hijo en peligro llevando a su hogar a un convicto fugado, aunque él repita “nunca he lastimado a nadie a propósito en mi vida”. Mientras, los informativos locales no paran de anunciar que en el pasado él ha asesinado a su esposa. Todo se configura una historia psicológica donde Frank los retiene pero también los mima y comprende. La narración de la historia corre por cuenta del chico, que busca un padre real y alguien a quien admirar, y qué mejor que depositar sus necesidades en una persona que los ha raptado para escapar de la policía. Frank limpia, encera y ordena la casa. También enseña a jugar beisbol al adolescente y cocina sus recetas de fugitivo gourmet. No hay caso, él es un hombre todo terreno y Adelle, a esta altura, ya está prontita para amarlo. En un punto la historia gira en torno a la perversión y la cursilería.
El contrato que todo espectador debe hacer al entrar a una sala de cine en el caso de Aires de esperanza es impagable. A esta ficción le falta tensión y todo se vuelve demasiado previsible. Pero, como la vida es un misterio y el cine también, las buenas actuaciones de Josh Brolin y Kate Winslet le dan vuelo a una película entretenida y estéticamente bonita. Porque atrás de este filme está el pulso de un buen director de cine. Jason Reitman  se dio a conocer con Gracias por fumar (2005), una película repleta de sarcasmo sobre la vida de un lobista de las empresas tabacaleras que defiende el cigarrillo a capa y espada y se opone con fervor a grupos de defensa de la salud, al tiempo que cría un niño y se cuestiona sobre la imagen pública que da como padre. También dirigió La joven vida de Juno, un filme indie sobre el embarazo de una chica adolescente, interpretado con mucha gracia por Ellen Page. La joven vida… es una película fresca y descontracturada sobre temas y situaciones bastante complejos. Cuenta con la suficiente onda o liviandad para conformar un muy lindo paquete con excelente música y una fotografía de primera. Además termina con una frase bien certera: “Y sé que la gente debe enamorarse antes de reproducirse, pero supongo que la normalidad no es nuestro estilo”. Pura emoción en base a sabiduría simple, pero emoción de la buena.
Más recientemente Jason Reitman dirigió Young adult (2011), una comedia protagonizada por Charlize Teron que tuvo muy buena recepción de la crítica. Aunque antes hizo Amor sin escalas (2009) con George Clooney, sobre un ejecutivo solitario que trabaja despidiendo gente a lo largo y ancho de Estados Unidos. Por eso, va de aeropuerto en aeropuerto dando la noticia más triste que puede recibir un empleado: “la empresa lamentablemente ya no contará con sus servicios”. Una película que habla con maestría sobre las apariencias materiales, la soledad y el amor (o, más que nada, la falta de). Las relaciones son frías, impersonales. Se viaja con música ambiente, se usan tarjetas magnéticas, y se mide con arrogancia las millas de vuelo, al tiempo que se largan sentencias de tipo “no te hagas ilusiones, todos morimos solos”. En suma, una película que no tiene el envase del gran cine: es graciosa pero simple y profunda aunque a partir de temas usuales; un filme infrecuentemente bueno que puede estar oculto para varios amantes del “cine intelectual”.

Debería existir una norma por la que a partir de dos o tres películas buenas un director pudiera ser catalogado como un crack. Aunque algunos se equivoquen reflexionando sobre el cine de autor o el nivel de la “obra completa” de un director. Las personas son impredecibles y se equivocan y siguen. No queda otra. Y muy pocos son los que mantienen un gran nivel a lo largo de su carrera. Jason Reitman nos tenía desacostumbrados con varias buenas películas. Aires de esperanza es fallida, equivocada. Pero no importa, varios de sus hinchas estamos seguros que Jason sabrá reponerse y regarnos de humor en su próximo filme. Esta barra te lo pide. Dale papi, vos podés. Una más, y no jodemos más.

Balnearios al sol

Historias de Verano

Para el que fui, y para mi amigo Pedrozo, el que es.



Una historia del hombre es la historia del trabajo, la medida del esfuerzo por alimentar una familia y asegurarse la supervivencia diaria. Del mismo modo, el ser humano precisa del ocio y el esparcimiento para soportar esa carga ingrata, el esfuerzo físico o mental de las malditas ocho horas. Es ahí cuando surgen los balnearios, el placer del agua y la vida al aire libre en tiempos de descanso. Los inventó un siglo que todavía jugaba con la idea de un paraíso posible. Por eso, pensar en los balnearios es pensar en la infancia; es el lugar de las cosas pasadas y el hombre, cuando rememora su pasado, suele adjudicarle una felicidad que no necesariamente tuvo.


Mariano Llinás se dio el gusto de dirigir la mejor película del cine argentino, Historias extraordinarias (2008), pero antes hizo Balnearios (2002), una ficción con aires de documental que muchos envidiarían. Es que el balneario es un mundo extravagante y onírico. Un sitio de irrealidad que se puebla una vez al año, “la temporada”. En invierno son espacios vacíos, solitarios. Los más desarrollados fueron creados en torno a un hotel o un casino a orillas del agua. Otros sólo tienen una calle principal. Todos se vuelven tristes y melancólicos de a ratos. Son ciudades muertas que reviven año a año. De a poco, con la llegada del sol, la playa comienza a poblarse hasta convertirse en una geografía de sombrillas. Los niños construyen castillos, desparraman plástico. Surgen juegos de adultos de reglas dudosas, se hacen excursiones al banco de arena. Todo está lleno y, por extraño que parezca, el veraneante siempre va donde hay más gente. No hay industrias, empresas o cárceles cerca. El mayor peligro son las aguavivas. Luego, claro, llega la siesta y la preparación para la noche, donde cientos de personas recorrerán el centro una y otra vez buscando helados y maquinitas. Mariano Llinás hizo un homenaje al balneario con historias fantásticas, pero atendiendo a nuestro pasado playero, al gusto kitsch de una clase media que cambió el tedio de la ciudad por la apaciguada rutina del verano.

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Tenía una intensa barra de amigos unida a partir de la cercanía. Todos vivíamos en la misma cuadra. Marindia Norte tenía poco swing y nos separaba una ruta del agua. Ir a la playa era una excursión que había que preparar de antemano. Por eso también andábamos en el monte, jugábamos al fútbol y salíamos de excursión a la represa. El mayor problema era la injusticia de que todos los varones gustábamos de Carola. Siempre la disputamos sin suerte. Ella prefería algún papa frita más grande. Nunca dejó de cachondearnos; ése era su poder, hacernos creer que teníamos chance. Un día desapareció Johnatan, un niño vecino. Lo encontraron muerto en la represa. El miedo duró más de la cuenta y los paseos se suspendieron hasta que se olvidaron de ese pobre niño asesinado.

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 La psicología de balneario asegura que todo tiempo pasado fue mejor, lo que lleva a considerar que cualquier desarrollo posterior a la niñez es una porquería. El balneario es lo que fue y ya no es. En ese tiempo se instala Robert Mulligan para dirigir Verano del 42 (1971), una comedia dramática sobre los ritos de paso de la adolescencia, los recuerdos y el tiempo. Hermie, el protagonista, es un muchacho sensible que cuenta con un amigo explícitamente rústico y otro muy aniñado. Juegan, pelean, se divierten y, mientras, descubren su sexualidad. Hablan de chicas, cometen torpezas… sólo piensan en acostarse con una mujer. Por la vuelta está Dorothy (Jennifer O’Neill, hermosísima) y Hermie, por supuesto, se enamora. Ella está bien casada con un marido que parte a la guerra. De a poco van conociéndose y entablan una relación de amistad. Él quiere ser más adulto para conquistarla y ella teme a la adultez porque sabe que necesariamente implica que él vaya a la guerra. Verano del 42, al igual que El Club de los cinco (John Hughes, 1985) es de esos filmes adolescentes que dicen muchas cosas pero injustamente no cumplen con el formato para ser consideradas grandes películas.

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Un día jugaba al basket picando la pelota a lo boludo cuando se acercó un enjambre de niños en bicicleta que apenas conocía. El más chiquito se bajó serio, como quien emprende una tarea diplomática, y me largó que Zully, la petisa, gustaba mío. Estaba ahí para preguntarme si quería arreglarme con ella. No sabía bien qué decir, pero rechazarla iba a generar más chanzas que aceptar la propuesta. Dije que sí y en un minuto tenía una novia que no registraba bien de cara. La relación, como era de esperar, duró poco. Ella era más grande y yo no sabía de qué iba la cosa. Creo que un día le di un beso. No pasó a mayores. Una vez volví a Marindia y Zully tenía un par de hijos de la mano. Había sido una madre joven. Yo era un nabo con aire jipón y me sentí raro al saludarla. Recuerdo que pensé “qué clavo la Zully” y no se me ocurrió más nada. Debe ser por eso que uno casi siempre se avergüenza de su pasado.

Reconocer que el humor tiene fecha de caducidad es un acto de sinceridad. Difícilmente tolera límites históricos. El Negro Olmedo no es la excepción, aunque para muchos genera algo inconfundible en la pantalla. Atracción peculiar (1988) fue su última película. Junto al Gordo Porcel protagoniza esta comedia de enredos en la que ambos son periodistas que deben hacerse pasar por gays, ya que Mar del Plata sucumbió a una “invasión de trolos”. Es, claro, una película incorrecta para estos tiempos. En ella, los gays se reconocen por usar arito, comer yemas de huevo y tocarle el bulto indiscretamente a cualquier víctima. El filme, además, pertenece a esa extraña época en la que los galanes sucumbían ante las billeteras, sin importar en lo más mínimo el físico del adinerado. Dicho de otra manera, el jefe podía ser un renacuajo, pero si tenía tarasca… dale que te dale. Las mujeres también juegan a hacer de “trolas” aunque siempre con la luz apagada. Además son todas unas interesadas, incluyendo al grupo musical Las Sobrinas, dispuestas a emputecerse por una tapa en Tevelunga, la revista para la que trabajan los periodistas. Dicen que el director de esta proeza, Enrique Carreras, ya no pensaba en transmitir valores a la juventud cuando ideó esta película. Es, por cierto, un filme ideal para gente que no se cuestiona la estúpida responsabilidad de perder el tiempo. 

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 Casi todos los veranos los pasamos con Manuel y Eduardo, una pareja de amigos de mi madre que, por supuesto, eran gays. El tiempo y el cariño hizo que recibieran el mote de “tíos”. Recuerdo la cara de extrañeza de mis amigos cuando los veían. Se ve que porque sentía incomodidad, un día mi madre me sentó en el living y me conminó a que dejara de ser un estúpido más. Siempre fue una persona simple con esas cosas claras. Ya no recuerdo sus palabras. 

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 Con el frío, los estudios o el trabajo, cada verano llega a su fin y las historias que se construyeron suelen quedar en la nada. No por eso, y esto es muy importante, son cuestiones vacías de contenido. Responden con simpleza a la misma estructura del balneario. Eric Rohmer percibió estos detalles a la perfección cuando hizo Cuentos de verano (1995). Sus películas suelen tener personajes femeninos fuertes que regulan las conductas de los hombres, que casi nunca son concientes de este detalle. En ésta Gaspard es un joven universitario con ciertos berretines propios de su edad. Casi sin quererlo, se enreda en una relación con tres chicas que lo manejan sin concesiones. Mientras, los días son grises y en medio de reflexiones y palabrerío, se olvidan de pasar a las “grandes ligas”. Estos chicos desarrollan varios componentes del afecto, excepto el de la carne. 

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 Nuestra consideración sobre el Manzanita siempre fue en picada. Comenzamos pensando que era un amigo pícaro, algo nervioso, pero por sus macanas decidimos –o nos indujeron a creer– que tenía “problemitas”, extrañas conductas consecuencia de una familia desestructurada. Ahora que lo pienso, casi todos éramos hijos de divorciados. Luego se corrió la bola de que el Manzanita tenía algún tipo de problema de aprendizaje (“dañada la cabecita” decía con gracia o gravedad la tía Mirna). Algunos llegaron a hablar de un importante retardo y los más audaces se convencieron que tenía cara de mongólico. Definitivamente, el niño es un bicho cruel. Como consecuencia, el Manzanita veía cada paseo, excursión o juego desde la ventana de su casa. Nunca más nadie fue a visitarlo. Él nunca gritó nada. 

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 Alguien que admiro me aseguró una vez que en la vida hay que ser un poco punk. Aclaremos que es una persona muy acicalada que siempre se viste impecable. Supongo que hablaba de posturas y en nada se refería al típico punkie de postal. Bertrand Blier es un director que realizó la comedia más punk del cine francés: Los rompepelotas (1974). Jean Claude y Pierrot son dos ladrones de poca monta que deben huir a un balneario vacío y desolado luego de haber cometido un robo difícil. Los acompaña una chica hastiada de su rutina, que también se convierte en la amante de ambos, pero también en su protectora (casi una madre). A su paso, rompen todo, se pelean y cogen. También se harán tiempo para pervertir a una hermosa adolescente que raptan de sus padres. Esta chica es una joven Isabelle Huppert. Ellos, por cierto, son Patrick Dewaere, Gerard Depardieu y Miou-Miou. 

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 En Marindia Norte matábamos el tiempo castigando gatos y enterrando ratones. Con el Rulo, mi primo, pateamos la puerta de dolmenit de un vecino y entramos a su casa. Saltamos en las camas hasta agotarnos y rompimos unas botellas de coca-cola. Me acuerdo que el líquido estaba caliente y no podía dejar de tomarlo. El descontrol duró toda la tarde. Era una casa humilde. Recién cuando volvimos noté que tenía un enorme corte en la pierna. Pasado el frenesí, el dolor me obligó a confesar a mis padres la fechoría. Tuvieron que pagar los arreglos. Ahora son los vecinos con los que tengo mejor relación. Cada tanto me recuerdan la travesura. Mis padres se divorciaron hace mucho y ya nadie va a la casa. El jardín fue tomado por una enredadera invasora y, como consecuencia de la dejadez y los robos, ya casi no hay muebles. La última vez que fui las paredes estaban llenas, repletas de caracoles.

Casi todos los Johnnys que me gustan


El cine se ha empeñado en ser varias veces mejor que la vida, por lo menos que la mía. En un importante manojo de películas pero también canciones, libros y autores, el nombre Johnny se ha destacado por sobre otros. Y siempre de la mano de cierta oscuridad y buenas cuestiones artísticas.


En 1954 Nicholas Ray dirigió Johnny guitar, un extraño western cuyo personaje, Johnny Logan, cambia las armas por la guitarra para presentarse ante su amada Vienna, dueña del casino del pueblo. Luego, claro, retoma escopeta y revólver porque, como todos sabemos, las balas defienden las agresiones mejor que las cuerdas de una guitarrita. Y la protegerá de un pueblo falso y conservador que instala una moral de la corrección para mantener a los mismos en el poder y detener el progreso del ferrocarril. Para eso, Emma, su oponente y reguladora de las conductas del pueblo, culpa a Vienna de inmoral y acusa a Dancin’Kid –otro de sus pretendientes– de ladrón. Hacia el final, todo se resolverá a los tiros, pero con la particularidad que se enfrentan dos chicas: Vienna y Emma, que se batirán hasta la muerte. 

El film cuenta con dos grandes como Ernest Borgnine y John Carradine en el reparto. Fue realizado con un bajo presupuesto pero tuvo mucho éxito de taquilla, lo que le permitió a Nicholas Ray dirigir Rebelde sin causa y cambiar la percepción del mundo por lo movilizante de la temática y la actuación de James Dean. Pero esa es otra historia. Nicholas Ray dirigió varias películas más pero el alcohol y el juego lo ablandaron bastante. Encima, fumaba como un búho. Nadie mejor que Wim Wenders lo comprobó al codirigir junto a Nicholas un documental sobre los últimos días de su propia vida. El producto final, como la vida de Ray, es excepcionalmente triste.

 

Johny cogió su fusil (1971) es una de las películas de guerra más pacifistas que ha dado el cine norteamericano. Fue dirigida por Dalton Trumbo, escritor perseguido por el macarthismo que debió usar seudónimo durante gran parte de su carrera. En la trama, situada en la Primera Guerra Mundial, un joven recién ennoviado parte al frente de batalla. Este soldadito que tiene sueños, buen humor y una hermosa chica, sufre un bombazo en el que pierde ambos brazos y piernas. Sin extremidades ni sentido de la vista, el oído y el olfato, queda postrado en la cama de un hospital militar. Los médicos lo tratan como un vegetal con torso. El problema es que su cabecita no para de pensar y recordar un pasado fragmentario que no puede transmitir. La sensación es inquietante. Cuando por fin logra hacerse entender por código morse, es ignorado aunque conservado para estudios en nombre del progreso de la medicina; en este sentido, es un film abiertamente defensor de la eutanasia.

El título, Johnny cogió su fusil, surge como respuesta a “Over there”, canción que arengaba a concurrir al frente de batalla y que comienza así: “Johnny, get your gun, get your gun, get your gun/Take it on the run, on the run, on the run”. Fue compuesta en 1917 por George Cohan, un controversial actor y productor que no murió en el frente, como pregonaba su música, pero se lo comió un cáncer años más tarde. Al fin de cuentas, la muerte sigue siendo lo más democrático que conozco. Han pasado muchos años desde la primera vez que vi la película en Cinemateca de Lorenzo Carnelli y, aunque el sitio extrañamente se conserve casi igual, recuerdo que me fui de la sala por la impresión que me causaron algunas escenas. No importa, afuera estaba mi amigo Martín. Pero no fui el único que se sensibilizó con la película. “One”, la canción de Metallica, está inspirada en ella. 



Siguiendo en el ámbito de la música, “Johnny” es también una canción antiimperialista de La Polla Records, recordada banda punk española que varios rioplateneses escucharon en su adolescencia. La letra refiere a un piloto que en la búsqueda de petróleo mata civiles sin inmutarse, como si estuviera frente a un videojuego. Es que Johnny es un cretino, y por eso, el coro no para de repetir “Johnny es un bastardo, Johnny es un bastardo”. Es posible que los mensajes de La Polla no sean muy rebuscados, pero no hay duda de que son bien directos. Capaz que ese fue el gancho para que los escuchara de joven. 



Nunca había leído a Mario Delgado Aparaín hasta que me topé con La balada de Johnny Sosa (1987) en la feria de la calle Salto. Costaba 70 pesos. Casi no sabía nada de Mario Delgado, salvo que es un escritor embanderado con la izquierda uruguaya y posiblemente forme parte de la camada de autores que más odia la paranoica Mercedes Vigil (según entrevista publicada hace poco en El País). El Johnny que da título al libro es un guitarrista negro y medio atorrante de un pueblo del interior de Uruguay. Una novia y varios conocidos lo instan a que encare, se emprolije, abandone las cantatas en los quilombos y de paso se acerque a una orquestita militar. Johnny es un tipo simple, de espíritu rebelde que duda, corre y escapa posiblemente hacia la pobreza que siempre lo había acompañado. Es una linda historia de libertad en medio de los tristes años de dictadura.



Los lácteos, el pescado y el humor tienen lamentablemente fecha de vencimiento. Será por eso que Les Luthiers, Jorge Corona o toda la camada de humoristas uruguayos “sanos” (Almada, Espalter, Cacho de la Cruz y varios más) no me generan la más mínima gracia. Lo que queda, eso sí, es esa nostalgia de la risa, algo así como una lembrança de lo que causaron en el pasado. No estoy seguro siquiera si Johnny Tolengo me arrancó una sonrisa alguna vez. Es posible que muchos lo recuerden por aquella canción que decía: “Qué alegría, qué alegría/olé olé olá/vamos flaco todavía/que estás para ganar.”

Juan Carlos Calabró había creado el personaje basándose en Isidoro Cañones. Se trataba de un excéntrico canchero porteño que le daba al trago y se ganaba todas las minas. Su éxito fue efímero, aunque llegó a filmar en 1987 Johnny Tolengo, el majestuoso, una película ideal para perder el tiempo en una noche alucinógena. Lo cierto es que Calabró aún está vivo, tiene dos hijas mediáticas con problemitas y recientemente se lo pudo ver en la entrega de los Martín Fierro. Estaba desmejorado y casi era imposible reconocer al autor de aquel personaje.

Pero en todo caso, este racconto de Johnnys en medio de guerras, dictaduras o humoristas que ya no ríen, está dedicado a un ex compañero de liceo llamado increíblemente Johny Robert Sosa, que para ser el más alto de la fila era enigmáticamente pacífico. Definitivamente, tenía un cuerpo para hacerse entender por medio de la violencia y jamás lo tuvo en cuenta. Y ojo que no me olvido del gran Johnny Cash (por favor, vean Walk the line de James Mangold), del Tarzán interpretado por el ex nadador Johnny Weismüller o del sobrevalorado Johnny Depp (casi tanto como el whisky Walker). Pero el mundo está lleno de subjetividades, y esto no es más que una arbitraria lista posible. Otra más.